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Estuvo infiltrado en el Estado Islámico y mató a más de 100 personas: “Lo que hice no es un crimen”

Khaled aún era un joven manifestante cuando estalló la guerra en Siria. Era el año 2011, y las ciudades respiraban descontento. Varias facciones se habían propuesto derrocar al presidente Bashar al Asad, pero él, sus seguidores y su poder militar jamás dudaron en imponer resistencia contra las fuerzas opositoras de su gobierno. Khaled quería verlo fuera del poder, pero no estaba dispuesto a disparar un arma. Miraba con el mismo temor distante los revólveres y las armas largas. Sabía que la vía armada no era una solución real para ningún conflicto, pero los giros que tomó su vida lo hicieron cambiar drásticamente de opinión. 

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Molesto, pero pacífico, Khaled se convirtió en un manifestante sereno. Salía a marchar como un acto de rebeldía, oposición y resistencia no violenta: se rodeó de personas que pensaban como él y decidieron manifestarse. Encontrar un consenso de manera oral. En sus propias palabras, para el 2011, él era:

“Un poco religioso, pero no demasiado estricto”.

Trabajaba en la organización de peregrinajes. Conocía el desierto, las calles y a los turistas. Como algo extra, una forma de mantener viva su vida cívica y su derecho a manifestarse, se unió a las protestas en contra de al Asad. Continúa hablando:

“Era un sentimiento increíble de libertad mezclado con miedo al régimen. Sentíamos que estábamos haciendo algo para ayudar a nuestro país, para traer la libertad y para poder elegir un presidente que no fuera Asad. Éramos un grupo pequeño, de unas 25 o 30 personas”.

Diezmados, pacíficos, pocos y, sobre todo, pobres. Khaled cuenta desde un principio que para ellos tomar las armas nunca fue una opción. Nadie tenía el valor suficiente para enfrentar al presidente por la vía armada. Sin embargo, tenían que ver cada tarde cómo las fuerzas represivas del Estado golpeaban y tomaban detenidos a inocentes sin ningún escrúpulos. 

A pesar de que Khaled veía lejano que algo como eso llegase a pasarle a él (un sujeto pacífico y discreto), un día las fuerzas armadas aseguraron recibir un vídeo de una protesta. En él su rostro se podía ver claramente. Lo tomaron preso:

“Me llevaron de mi casa hacia el Departamento de Seguridad Criminal, después a otros departamentos. De Seguridad Política, Seguridad Estatal… y después a la prisión central donde permanecí por un mes antes de que me liberaran. Para cuando entré a la prisión central no podía caminar y no podía dormir debido al dolor de espalda”.

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El dolor de espaldas no se debió al estrés ni a roces con otros presos. Apenas Khaled llegó a la primera cárcel donde lo mantuvieron privado de libertad, conoció a un guardia que se ensañó con él. Un hombre violento, armado y con poder dentro de la institución. Trabajaba directamente con el Departamento de Seguridad Criminal. Siempre que tenía su turno en la cárcel, se acercaba a Khaled con una fotografía de Asad, y lo forzaba a arrodillarse ante ella. Como un mantra, solía repetirle:

“Tu dios morirá, y él no morirá. Dios muere y Asad perdura”.

Cada dos días, un hombre cuyo único crimen había sido manifestarse pacíficamente, debía enfrentar las torturas y el abuso de poder. Soportar que un tirano lo mirara a los ojos y lo torturara. Según el testimonio que Khaled dio a la BBC:

“Solía colgarme de los dos brazos con cadenas del techo. Me forzaba a desnudarme y después me colocaba en ‘la alfombra voladora’ para darme latigazos en la espalda. Después me decía: ‘te odio, te odio, quiero que te mueras, espero que te mueras en mis manos’”.

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Entonces, los golpes detonaron algo en el cerebro de Khaled. Se encomendó a su dios con todas sus fuerzas. Decidió que si él sobrevivía a esa estadía en prisión, mataría al guardia dondequiera que fuera.

Khaled sobrevivió a la cárcel, y lo dejaron en libertad. Los guardias esperaban haberlo reformado a la fuerza. Sin embargo, una vez fuera, Khaled recibió una invitación especial para formar parte de un grupo armado. No dudó ni por un segundo tomar las armas. 

Seis hombres recibieron órdenes de presentarse en una base aérea en Alepo, al noroeste de Siria. Ahí, un entrenador francés les enseñaría el arte de las armas de fuego: pistolas, silenciadores, y rifles de largo alcance. Ahí, Khaled destacó entre sus compañeros por su pericia. Aprendieron a tomar prisioneros para convertirlos en sus víctimas. Como ratas en laberintos, los soldados ponían a sus enemigos para probar atinarles con sus armas. Khaled cuenta:

“Nuestro objetivo en las prácticas eran soldados del régimen que habían sido detenidos. Los ponían en un lugar difícil y tú necesitabas un arma de francotirador para alcanzarlos. O enviaban a un grupo de detenidos y te pedían que le dispararas a uno sin alcanzar a los otros”.

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Khaled aprendió a apuntar a extremidades específicas, a ser silencioso, a tomar rehenes, y a enseñarles a hablar cuando él dijera que era el momento adecuado. Secuestró a algunos, hizo desertar a otros. Y, a pesar de que a muchos les perdonó la vida, hubo un hombre que jamás recibió ni una pizca de misericordia.

Con su entrenamiento listo, Khaled comenzó a moverse para encontrar a una persona: preguntaba dedicada y concienzudamente sobre un guardia que trabajaba en el Departamento de Seguridad Criminal. Un día, le dieron su nombre. Lo encontró. La tarea era sencilla: seguirlo a casa. Así, se lo llevó consigo. Cuando lo tuvo a su disposición, Khaled recordó que el guardia le había dicho que no tuviera piedad, si es que lograba capturarlo.

Le hizo caso.

“Me lo llevé a una granja cerca de la prisión central que era una zona liberada. Le corté la mano con un cuchillo de carnicero. Le jalé la lengua y se la corté con tijeras. Y todavía no me sentía satisfecho. Lo maté cuando me rogó que lo hiciera. Yo había venido por venganza y no tenía miedo.

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A pesar de todos los métodos de tortura que usé con él, no tuve arrepentimiento ni dolor. Al contrario, si hoy volviera a la vida, haría exactamente lo mismo.

Si hubiera habido una autoridad a quien quejarse, a quien decirle que él golpeaba y humillaba a los prisioneros, yo no le hubiera hecho eso. Pero no había nadie”.

La educación que había recibido Khaled solo servía para la destrucción, y aunque él no lo sospechase, el entrenamiento que había recibido desde el 2013 de parte de los islamistas de Ahrar al Sham, era codiciado por muchos. Así, el 2014, recibió una inusual invitación del Estado Islámico, una institución encargada de sembrar el terror con la que Khaled estaba completamente en contra. Según él eran todos unos bravucones:

“El EI se quedaba con sus propiedades, mataba y encarcelaba por las razones más tontas. Si tú decías ‘Oh, Mahoma’, te mataban por blasfemia.  Tomar fotos, usar celulares, eran actividades castigadas. Fumar suponía ir a prisión. Ellos hacían de todo: mataban, robaban, violaban. Acusaban a una mujer inocente de adulterio y después la apedreaban frente a los niños”.

Sin embargo, Khaled era un asesino espléndido. Muy pronto comenzó a escalar en la jerarquía islámica, y le dieron un trabajo como “jefe de seguridad”. Tenía autoridad y su propia oficina. Él sabía que, a esas alturas, ya no había vuelta atrás.

“Dije que sí, pero con el consentimiento de Abu Al Abbas, un alto líder de al Nusra; me convertí en agente doble. Le mostré a EI una cara amable, pero en secreto secuestraría e interrogaría a sus miembros y después los mataría. El primero que secuestré fue un sirio, el líder de un campo de entrenamiento del Estado Islámico.

Yo filtraba a EI cualquier cosa que Abu al Abbas quería filtrar. Alguna información era cierta, para que EI me creyera. Pero al mismo tiempo robaba sus secretos”.

Una vez dentro del Estado Islámico, Khaled cobró cerca de 16 vidas. A todos los mató en sus propias casas. Una bala y el silenciador eran suficientes.

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De acuerdo a Khaled, todos habían vendido su religión por dinero y eran unos traidores. Ya no tenía piedad con ellos. Según Khaled, no merecían contemplaciones.

Una de sus víctimas fue un erudito islámico de al Bab. Ese día, Khaled tocó a su puerta, él le abrió. Y el asesino, rápida y sigilosamente le puso una pistola en la cara y entró a su casa. Su esposa comenzó a gritar desconsoladamente. Khaled asegura que él le ofreció todo lo que tenía para librarse, mientras él metía a su esposa en otra alcoba para que no mirara la escena:

“Antes de decirle nada, él me dijo: ‘¿Qué quieres? ¿Dinero? Este es mi dinero, toma lo que quieras’. Le dije: ‘No, no quiero dinero’. Después él dijo: ‘Toma el dinero. Si quieres a mi esposa puedes dormir con ella frente a mí, pero no me mates’. Lo que dijo me alentó a matarlo”.

Con 16 bajas después de un mes de haber entrado a EI, Khaled sabía que pronto lo descubrirían. Entonces, huyó. Primero, fue en automóvil hasta la ciudad de Deir al Zour, y después llegó a Turquía. 

En el momento en el que la BBC le preguntó si sentía algún remordimiento, aseguró que todo lo que quería era escapar y seguir vivo:

“Esto no es un crimen, lo que hice. Cuando ves a alguien apuntando un arma y golpeando a tu padre, matando a tu hermano o tus familiares, no puedes quedarte quieto y ninguna fuerza puede detenerte. Lo que yo hice fue en defensa propia.

Maté a más de 100 personas en batallas contra el régimen y contra EI, y no me arrepiento, porque Dios sabe que nunca maté a un civil o a una persona inocente.

Cuando me miro en el espejo me veo como un príncipe. Y duermo bien en la noche porque a todos los que me pidieron que matara, merecían morir.”

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Un justiciero o un lunático, pocos pueden mostrar un prontuario de muertes tan largo y “exitoso” y vivir para contarlo. Hay pocos como Khaled, sobre todo por la capacidad de cuestionamiento que, sin embargo, le permitió convencerse de que nunca hizo nada mal.  

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