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El secreto mejor guardado de Ciudad de México: la guerra contra el narco preocupa a las autoridades

Un pescador corre por la orilla de Caletilla, una de las playas más reconocidas de Acapulco y del puerto Pacífico mexicano. Agitado, el agua le masajea los tobillos y la arena se le pega en los pies. No siente nada por la adrenalina. Escucha que alguien dispara desde un roquerío. Sabe que las balas son para él. Antes de poder continuar, las balas lo hacen desplomarse. Los bañistas corren y se esconden. Llegan funcionarios de la milicia. Nadie puede acercarse al cuerpo. El hombre asesinado se suma a las estadísticas que coronan a Acapulco como la asegunda ciudad con más muertes violentas en lo que va del año: 150 homicidios solo entre enero y febrero. 7 nuevas víctimas asesinadas el mismo día que el hombre de la playa. 

El homicida también es pescador. Pero lo que los unía a ambos no era el oficio del mar, sino el de las drogas: ambos traficantes, se disputaban un sector para la venta de narcóticos. El tirador intenta huir nadando, pero es capturado.

Especial

Ni siquiera los sectores más turísticos y con mayor presencia militar escapan hoy en día al poderío y la violencia del narco en México. En 2017, solo en Acapulco, hubo 834 homicidios dolosos. El país en total sumaba 26.573. Una cifra histórica. El país norteamericano no veía esta cantidad de bajas desde fines de los 90. Un promedio de 80 asesinatos al día cerraron el año anterior. 

Su arribo a la capital 

Cuartoscuro

Según Forbes México, las ciudades más violentas del país son Los Cabos (con 111 homicidios por cada 100.000 habitantes. Es, también, la ciudad más violenta del mundo); Acapulco (con 106 homicidios por cada 100.000 habitantes); Tijuana (con 100 homicidios cada 100.000 habitantes); La Paz (84 homicidios por cada 100.000 habitantes); y Ciudad Victoria (con 83 homicidios por cada 100.000 habitantes). Luego, siguen otros nombres que parecen familiares: Culiacán, Juárez, Chihuahua. De alguna u otra manera, se las han arreglado en Ciudad de México para escapar del estigma de la violencia. Muchos vecinos y autoridades aseguran que “aquí no hay narcos”. No hay señores de la droga en autos lujosos conducidos por guardaespaldas armados. Solo hay criminales locales. Algunos camellos de poca monta, como en todos lados. ¿Tienen armas? . ¿Trafican drogas? . ¿Son peligrosos? Lo suficiente como para secuestrar a 13 jóvenes, o darle a un chico de 16 años un balazo fuera de una discoteca. Pueden atacar a funcionarios de la marina, y generar un conflicto armado en barrios humildes de la ciudad.

Pero muchos prefieren no hablar de traficantes. En ningún caso. Se inventaron acepciones nuevas: pandillas, agrupaciones criminales. Está bien. Démonos la libertad de resignificar el lenguaje. Sin embargo, es necesario aclarar, desde un principio, que la capital de México ya no es un lugar seguro. Sectores como Tláhuac, Tepito y el corredor Roma-Condesa han pasado a ser escenarios de pugnas entre bandas. Estas, con largas filas de hombres armados, parecen ostentar el mismo poder que los más grandes cárteles de los otros Estados: secuestros, extorsión, balaceras y ejecuciones. Pero los vecinos y las autoridades siguen refugiándose en el hecho de que “solo” hay tres asesinatos al día. No está entre los índices más altos del país. Además, la violencia se concentra en algunos sectores más vulnerables. Hay zonas en las que los narcos no están interesados. Sin embargo, las que sí controlan podrían llegar a ser tan grandes como Madrid o Barcelona.

El origen de la migración

Probablemente, la primera vez que los medios hablasen de la guerra contra el narco en Ciudad de México, fue durante el 2017. El 20 de julio del año pasado, marinos de la Armada de México se enfrentaron al cártel de Tláhuac, uno de los más importantes de la ciudad. Las balas corrieron en un pequeño y humilde barrio de la capital. Ocho presuntos delincuentes murieron. Entre ellos se encontraba su líder, Felipe de Jesús Pérez. También conocido como El Ojos, era un capo reconocido y buscado por las autoridades. Según la prensa mexicana, el cártel de Tláhuac vendía drogas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y tenía control total sobre la entrada suroriente de la ciudad.

Youtube/El País

Según los vecinos, El Ojos era discreto pero efectivo. Sabía mover su mercancía, tenía a muchas personas a su cargo y, aunque no era precisamente silencioso para cobrar dinero o territorios, sí tenía muchas casas de seguridad a lo largo de la ciudad. Ahí dejaba pasar las tormentas.

A pesar de que tanto la Marina como la Policía Federal y el jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, hayan restado importancia al evento (tanto que, ni siquiera se habló de cárteles, sino de “narcomenudistas”), un fuerte síntoma remecía a todo el país. La Marina se había desplegado para batirse a duelo con los narcos. El brazo armado más especializado y eficaz en la lucha contra la venta de drogas y sus derivados había salido a la luz en la capital. La noticia, por supuesto, recorrió el país en cosa de minutos. 

Una ciudad seccionada

En la colonia Condesa, el reportero de seguridad de Reforma, Antonio Nieto, estudia sucesos relacionados con el crimen que hayan ocurrido los últimos años: el secuestro a plena luz del día y asesinato de 13 jóvenes en el bar Heavens (a una cuadra de la sede de la policía local) poco después del asesinato de El Chaparro, primo de uno de los líderes de Unión Insurgentes; o el homicidio de un chico de 16 años supuestamente asociado con narcotraficantes que ocurrió este domingo. Según él:

“Estamos en el momento del ciclo habitual en el que no hay capos y están peleándose las plazas.

No les conviene aceptar que hay un problema de narcotráfico y que esas bandas pequeñas son lo suficientemente poderosas para crear un problema de inseguridad. En cualquier momento puede pasar cualquier cosa”.

AP

Tepito

Tiene 26 años y se crió en Tepito, uno de los barrios más peligrosos de la capital. Ahí, los vecinos saben distinguir quién pertenece y quién no solo por su aspecto, y la forma en que camina y mira las calles. A cualquier hora del día pueden llegar las policías. Las balas corren sin discriminar lugares ni personas. Hay que estar atento y ser valiente. Según él, en una declaración para el medio El País, junto a la casa donde creció, “se cortaban los kilos de perico”. 

En el centro neurálgico de Tepito, una gran feria se alza. Ahí se puede encontrar de todo. Un laberinto perfectamente dispuesto donde se compran tenis, ropa pirata, o de segunda mano; comida; colonias; películas; radios; alcohol de todo tipo; autos robados y armas. Por supuesto, lo que nunca falta son las drogas. Mientras confíen en que no eres policía, dejarán que se abra ante ti el maravilloso tablón de madera sobre el que descansan los kilos de marihuana (solo por 5 pesos la dosis), coca (300 pesos), roca (100 pesos), ácidos (100 pesos), y mona (20 pesos). Para los más ávidos o experimentados, también hay heroína, cocaína de colores, pastillas y anfetaminas. 

No hace faltar asegurar que, si llega la policía, ahí todos están perdidos: tanto compradores como comerciantes. Sin embargo, ellos, en su comodidad, se quedan casi siempre en los límites de la feria.

Youtube/El País

Desde octubre a marzo, en estas estrechas calles mataron a más de 20 personas. Según los expertos en seguridad de Ciudad de México, este es uno de los barrios más codiciados por el crimen organizado. Es histórico, y trae consigo una cuota de orgullo. Nadie, jamás, ha conseguido controlar todo Tepito. Siempre hay un pequeño grupo insurgente que logra ofrecer una resistencia digna. Ahora, quienes controlan la mayor parte de la zona, son los herederos de la Unión Tepito. Una gran organización que dispone del arsenal y el personal necesario para imponer un orden y vencer en disputas.

Tláhuac

Después de la muerte de El Ojos, los vecinos del sector provocaron una serie de disturbios armados. Querían vengarle. Después de terminado el incidente, las decenas de detenidos le confesaban a la policía que el capo fallecido no solo controlaba Tláhuac, sino también Xochimilco y Milpa Alta. 

La Marina había acabado con todos los socios y colaboradores del cártel. Decidió tomar el problema por el cuello y cortarle la cabeza. Sin embargo, el cuerpo podía moverse por sí mismo. La violencia y el narcotráfico aún no han cesado en el sector. Según el analista en seguridad Froylán Enciso:

“El operativo de la Marina en Tláhuac sigue la lógica de la guerra contra el narco de Felipe Calderón, de un enfrentamiento militarizado que busca acabar con el liderazgo de la organización criminal. Se trata de una copia de lo peor de la estrategia de seguridad nacional. Y no es raro que ante esta maniobra fallida en el resto del país se noten alzas en los índices de homicidios, está comprobado que esto sucede”.

Youtube/El País

Ahora, el analista asegura que los criminales están buscando nuevas vías para hacerse con el poder. Esta clase de medidas de seguridad y reacción solo provocan más caos y, por supuesto, afectan también a la ciudadanía que vivía en torno a estos órdenes cerrados de violencia. Enciso asegura que, en estos momentos, lo mejor sería hacer una serie de pequeños operativos para desmembrar por completo la organización criminal.

Al fondo de las colonias, se pierden los nombres de las calles, se confunden las personas, y las mujeres (muchas viudas por la violencia) salen a trabajar, temerosas, a pie. En esas calles, casas y departamentos sin servicios básicos, el mito de El Ojos corrió a la vieja usanza: de boca en boca. En un barrio marcado por la marginalidad, la lucha a la fuerza y la ostentación, ser peligroso parecía ser la mejor opción para sobrevivir y destacar. Sobre todo siendo joven. Según Sonia Martínez, de 41 años, residente de lugar y fundadora de la Asociación de Madres Solteras Trabajando en Tláhuac:

“Los delincuentes aprovecharon la coyuntura de ese señor para hacer su propia banda y para decir ‘Yo soy el que controla esto’.

Las madres están muy preocupadas, protegen a sus hijos porque saben que están en un foco rojo. Los criminales se agarran de quienes tienen más necesidad, menos estudios, más vulnerables. Y aquí hay muchísimas personas en esa situación”.

Youtube/El País

Ahora, sin El Ojos, Tláhuac es una tierra sin dios ni ley. Muchachos jóvenes, torpes y poco experimentados en el negocio se pelean territorios de maneras desmedidas y violentas. Casi no llegan patrullas al barrio. Nadie se acerca. El miedo se tomó hasta los cuarteles de policía.

Parece ser que, erróneamente, hemos tendido a sentir que la droga es un negocio que se mueve con un gran protagonista. Siempre hemos esperado al señor elegante tras su escritorio moviendo los hilos de todos los pequeños cárteles y camellos. “Hay alguien”, creemos “que está detrás de todo esto”. Sin embargo, el germen del crimen es uno que se expande a velocidades peligrosas y por todos los sectores de la sociedad. Los criminales no necesariamente se conocen, no necesariamente rinden cuentas a un increíble capo que viste cada día un traje distinto. Hay algunos que prefirieron saber de armas que de vehículos lujosos, mansiones y camionetas blindadas. La droga también tiene sus ligas amateur, y estas, sin comunicaciones, consensos ni licencias más que la de la violencia, pueden generar tanto daño como ese gran tipo al que le tememos. 

 

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